Nosotros, los lectores de El infinito en un junco: por Álvaro Castillo Granada

Álvaro Castillo Granada, librero, columnista y escritor, reflexiona en Cromos sobre El infinito en un junco, de Irene Vallejo: “libro hermoso y entrañable. Fascinante. Divulgador. Lleno de información contada como si fuera un cuento. Libro que, a su vez, nos lanzó a la lectura de los griegos”.

Por Álvaro Castillo Granada

06 de julio de 2024

Soy un lector voraz. Omnívoro. Creo que uno de los mayores elogios que se le pueden dar a un libro y su autor es el leerlo en poco tiempo. Devorándolo. Sin tregua ni descanso. Terminarlo como si fuera la única misión en ese momento. Eso fue lo que me pasó (y pienso que a muchos) cuando llegó a mis manos El infinito en un junco, de Irene Vallejo, el 12 de febrero de 2021.

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¿Qué es lo que tiene esta obra sobre la historia de la escritura, el libro y la lectura que ha cautivado y atrapado a tantos y tantos lectores? La respuesta no es fácil de encontrar. Creo que cada uno de los que lo hemos leído tenemos una. En algunos casos asociada a los momentos más duros de la pandemia de covid-19.

Hubo un “instante definitivo” en el que muchos de los que estábamos encerrados en nuestras casas durante alguna de las cuarentenas, cansados de vernos las caras y ver series en alguna plataforma, giramos la mirada hacia nuestras bibliotecas y descubrimos de nuevo el placer y el hábito de la lectura. A leer y leer sin parar. Y a comprar libros, a acumularlos, a pesar de las dificultades y restricciones que existían en este momento.

Ahora que intento traer esos días no puedo dejar de asombrarme de que nunca, en mis ya casi 36 años de librero, vendimos tantos libros. Tanta gente regresó o descubrió la lectura. Ese placer solitario que, aunque suene extraño, nos permite acercarnos y encontrarnos de otra manera con los demás: poniéndonos en la piel y en los zapatos del otro, porque “mientras permanece cerrado, un libro es solo una partitura muda con la letra y la música de una sinfonía posible. No hay historia, no hay página que palpite sin el roce de unos ojos ajenos. Para cobrar vida necesita intérpretes que hagan vibrar las cuerdas, que recorran febrilmente el pentagrama, que susurren los cantos con su propio acento, que modulen la melodía al compás de sus recuerdos”.

Cumplimos todas las restricciones. Jamás fuimos a escondidas a la librería a buscar un libro que nos hubieran encargado. Durante meses nos dedicamos a vender los libros que habían llegado a mi casa desde Cuba antes de que el mundo se acabara. Doce cajas que Rolando Pérez, mi amigo y hombre de confianza, puso en el correo. Después, cuando ya pudimos regresar a la librería, hubo otra fiebre que se desató: la relectura de autores olvidados, desde Marco Aurelio, Epicuro, Cicerón y los estoicos, pasando por el reencuentro con David Sánchez Juliao y Jorge Ibargüengoitia, hasta el redescubrimiento de Orlando Fals Borda y Manuel Zapata Olivella.

Y es ahí, en ese momento, donde aparece para la mayoría de nosotros El infinito en un junco. Y sí, me lo devoré como si fuera una novela de aventuras o una epopeya.

Libro hermoso y entrañable. Fascinante. Divulgador. Lleno de información contada como si fuera un cuento. Libro que, a su vez, nos lanzó a la lectura de los griegos. Al encuentro con el mundo antiguo que, de una manera misteriosa, seguía siendo en ese momento el nuestro.

No creo que un libro pueda merecer mayor elogio y fortuna que el de ser agradecido y amado por sus lectores, porque, más allá de cualquier otra razón, “El secreto principal de su éxito no eran, por supuesto, los giros verbales, que solo están al servicio, sino la calidez de su corazón, sin la cual no hay don que sirva”, como escribió Marina Tsvietáieva, en un momento en el que “aquella gran comunidad de fantasmas volvía habitables las frías calles por donde rondan, solitarios y atormentados, los vivos”. Nosotros, los lectores.

Por Álvaro Castillo Granada

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