Así fue como perdí mi virginidad

Seis personas recuerdan los detalles de este suceso que cambia la vida de muchos. Exploración, curiosidad y ganas, sin importar la edad.

Por Redacción Cromos

27 de junio de 2023

Lucía, 28 años

Mi primera vez sucedió con un chico que nunca llegó a ser mi novio. Era el novio de otra chica, que estaba viviendo en Canadá. Era enero y nos veíamos en secreto desde junio. Yo estudiaba en Cali y él vivía en Tuluá (mi ciudad natal) así que yo viajaba cada fin de semana a ver a mi familia y, por supuesto, a él. Durante un tiempo había insistido en querer tener sexo conmigo, pero yo me negaba cada vez. Mis amigas, que ya habían perdido la virginidad, me decían que debía esperar a tener una pareja estable. Y yo les creí.

Un día el chico me dijo que su novia regresaría al país en marzo. Así que ambos sabíamos que pronto debíamos poner fin a nuestro extraño idilio. Cómo dije antes, era enero y yo pasaba las vacaciones en Tuluá. Pero pronto debía regresar a Cali para iniciar un nuevo semestre en la Universidad. Estábamos en la cama (viendo una película) y simplemente, salió de mí: –quiero que mi primera vez sea contigo. No importa lo que pase después. Lo invité a pasar un fin de semana conmigo en Cali. Allá vivía sola así que "la logística" sería más sencilla. El día que íbamos a viajar, mis dos mejores amigas (enteradas de mi plan, aunque no lo tomaron con mucha gracia) fueron a mi casa para despedirse de mí. Cuando me monté al taxi que me llevaría al terminal se despidieron con gestos de complicidad. Mi madre estaba parada al lado de ellas sin sospechar nada. Viajamos.

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De mi primera relación sexual recuerdo que fue sobre el colchón de mi cama, el cual habíamos sacado a la mitad de la sala, junto al balcón. La brisa era reconfortante. Hacía mucho calor. Las piernas me temblaban. La penetración sucedió despacio, pero eso no lo hizo menos doloroso. ¡Fue muy doloroso! (Y lo siguió siendo las otras tres veces que lo hicimos durante ese fin de semana) Sangré un poco. Pensé que el asunto del sexo no era gran cosa, algo doloroso y hasta incómodo. No conocí el orgasmo, a ese sujeto me lo cruzaría tiempo después con la masturbación.

Llegó el lunes y él se devolvió a Tuluá. Su novia llegó. Hubo lágrimas y algo de drama. No nos hablamos por un buen tiempo. Pero nunca me arrepentí de ese fin de semana. Fue enteramente bajo mis términos. ¡Y qué importa si mis términos no coincidieron con los de mis amigas o mi familia! Hoy somos buenos amigos (tan buenos amigos como un par de ex amantes pueden llegar a ser).

Seis colombianos cuentan cómo fue su primera vez.

Seis colombianos cuentan cómo fue su primera vez.

Fotografía por: Becca Tapert en Unsplash

Valeria, 32 años

¿Para qué voy a mentir? Yo no esperaba este encuentro ni con ansiedad, preocupación o muchas ganas. Por el contrario, creía que era un estado natural por el que atravesaban los humanos para satisfacer su instinto carnal, nada más.

Recuerdo que fue un 7 de julio. Salíamos de un concierto de una banda que ni siquiera me gustaba, pero al tipo con el que había salido todas las vacaciones, sí. Hombre de cuyo nombre no quisiera acordarme, no por rabia o por lo que viví con él, sino porque en solo una noche me demostró lo que, en ese momento, representaba yo para él, claro la respuesta a mí misma razón: GANAS.

La habitación estaba absolutamente desordenada, olía a trago y cigarrillo, ahora que lo pienso digo: ¿Cómo la mujer más cuadriculada de la historia pudo estar siquiera cinco minutos ahí?; cosas de adolescencia. Me tumbó a la cama y empezó a disfrutar de lo que para mí fue lo más incómodo de mi existencia. La forma en la que me tocaba me producía un poco de miedo, sus besos no eran de amor ¡Claro! Eran bruscos, nada lindos y eso sí llenos de sangre, porque en uno de sus arranques de virilidad me reventó la boca.

Pero lo que venía era peor, (sin hacerlo tan literal), sentí como algo me atravesó por dentro, sin el más mínimo tacto, con toda la agresividad y con el dolor más absurdo que se puedan imaginar. ¡Qué tortura! En mi cabeza solo se escuchaba a mi niña interior decir "cuándo se va a terminar", de repente, el hombre, a quién yo le había dado todo el permiso para hacer lo que hizo; cayó tendido sobre la cama, pareciendo inconsciente.

Me levanté como pude, pero el dolor no me permitía mover mucho las piernas. Salí HUYENDO...sí huyendo, no quería volver a verlo en mi vida. Tomé un taxi, recogí a una amiga y fuimos al hospital más cercano, pues mi dolor no era normal. Efectivamente el diagnóstico fue: desgarramiento. ¿Cuánta "bestialidad" en una sola persona? Se supone que eso de perder tu virginidad debía ser un momento para no olvidar jamás.

Aunque bueno, presa de mis decisiones infantiles, pagué la inocentada. Mis 15 años se hicieron hasta hoy, sin duda inolvidables. Me entregué a un hombre de 25 años que solo quiso "hacerme la vuelta" como se lo manifestó a nuestros amigos en común. ¡Qué hombre! ¡Qué maduro! En mis palabras ¡Qué imbécil! Pero gracias GABRIEL por demostrarme que es más importante el sentimiento y la razón, que las ganas y el desamor.

Guillermo, 30 años

Año 2003, grado once, colegio masculino y católico. Yo estaba en mis 17 años. No tenía novia ni amigas. Dos compañeros de clase presentaban el mismo cuadro social. Disponíamos de una opción, que estaba cerca de la casa de uno de ellos, en el sur de Cali. Me refiero a la opción burdel. Lo planeamos durante meses. Nunca hablamos de perder la virginidad, pues todos nos jactábamos de haberla dejado antes, sin dar detalles.

De enero a mayo mis compañeros y yo ahorramos lo del recreo. Hasta que llegó la noche de echar todo el monto en la billetera.

Entonces por el color marrón de las cortinas se reconocian las casas de citas. Fuimos a tres. Teníamos contraseñas falsas. Sólo en una puerta nos pidieron identificaciones. La dinámica para conocer a las prostitutas era la de las películas: uno se sentaba en una silla y, una por una, desfilaban delante tuyo. Las afables eran minoría. A la mayoría no le gustaba el trabajo.

Ahí estábamos los tres colegiales, ahora en una calle, discutiendo el burdel. A mis compañeros ninguna opción los convencía. No teníamos plata para visitar otros más caros, en los que supuestamente las mujeres eran más guapas.

Yo fui practico. Ese día quería perder la virginidad. En el recorrido había visto a una negra muy voluptuosa. Me las arreglé para que aceptaran entrar justo en el que ella estaba. Lo disimulé bien, yo estaba muy ganoso. Era mi primera vez. Según un primo mayor, las trabajadoras sexuales demuestran atracción por el cliente en tres casos:

  1. Si es capaz de besarte.
  2. Si es capaz de bajarte sin que se lo pidas.
  3. Si al final se mete contigo a la ducha, para lavarte la verga.

Recuerdo que de entrada fui sincero. “Suave, por favor, que nunca lo he….”. Se rió sin burlarse. Ella me guió, su trato hacia mí fue de viejos conocidos que un día se sorprenden en una cama. Nunca he afirmado que la chica lo disfrutó tanto como yo. En cambio puedo decir que ella hizo lo posible por darme media hora inolvidable, en la que, según mi primo mayor, demostró que le gusté.

De lo poco que hablamos, me dijo que también era menor de edad y que tenía un lugar en esa casa para que nos escondieramos en caso de allanamiento policial.

Hoy recuerdo su cuerpo, algunas poses, sus enormes pechos, su trasero. Su cara es una imagen borrosa. Me es imposible reconocerla en la calle. Poco cuento esta historia. Pero cuando lo hago procuro hacerle justicia. Por temor a que el lector deje de creerme, no digo que fue una noche maravillosa. Igual importa poco lo que piense el lector: fue una noche maravillosa. Punto.

Felipe, 30 años

Estaba jugando fútbol y ella me acompañó. No creo que haya prestado mucha atención al juego, desde la tribuna, y por poco me como un par de goles por hacer lo mismo, por mirarla, con su pelo completamente rizado y, por intentar escuchar, su voz nerviosa.

Después de comer, de insistir al punto de volver el diálogo en un ruego interminable, aceptó con un “listo, vamos”, dos palabras escuetas, sin ningún toque de emoción. La boca diciendo una cosa, la mirada otra. Esa noche, como pocas, hubo dinero, dinero para pagar un lugar decente, para hacer una reserva, para olvidar incluir el desayuno.

Ambos sabíamos lo que iba a pasar así la negativa fuera inminente, así las promesas absurdas de no tocarnos fueran creíbles. Ella y su pijama verde oliva, yo y mi camiseta del día. Cumplimos la primera hora, creo que fueron dos. Que tengo sueño, que mañana hay que madrugar, que pásame la crema dental para lavarme los dientes, un diálogo de rutina como si no fuera nuestra primera vez.

Me acosté en el lado derecho de la cama. Por cábala, capricho, pero no por comodidad (así diga que lo es), siempre duermo en ese costado. Ella se metió en las cobijas y me dio la espalda. Unas buenas noches y el hasta mañana. Prendí el televisor y de a poco, me fui arrimando, tímidamente, ella entendió el mensaje y se corrió. Sin darme cuenta la estaba abrazando, tomándole la pierna, pasándola por encima de la mía, entrelazados. Puse mi mano en su cintura y la apreté, el cuerpo de ella respondió. Después acerqué mis labios a los suyos, pero no la besé. Demoré el momento, la detallé, sus ojos negros, su nariz fría, sus brazos, su cola, sus senos contra mi pecho.

Y, pues, la besé, me besó, le quité el pantalón, me quité la ropa interior, la toqué, me tocó, suspiró, gimió, me subí encima de ella, la tomé con fuerza, volvió a emitir un sonido leve, de placer, no aguanté y la tomé mía por ese momento, pero con el deseo de que fuera así por el resto de mis días y mis noches. Hubo mucho placer, gemidos al tiempo, más caricias y más besos. Ella lo disfrutó, tanto como yo lo disfruté viéndola y sintiéndola por primera vez.

Julián 36, años

Mi primera vez fue a medias, pero fue. Y a esa edad, con esa calentura, fue más que suficiente. Estaba trabajando en Estados Unidos durante unas vacaciones. Manejaba las máquinas en un parque de diversiones y en las noches atendía en Burger King. Viajé con un grupo de amigos de Colombia y, como nosotros, había parches de otras partes del mundo. El más atractivo era el de las polacas: llevaban en la piel una capacidad de seducción misteriosa. Un día nos encontramos con ellas mientras lavábamos ropa y acordamos una cita. Yo salí a mil en mi bicicleta y renuncié a Burger King, no me iba a perder la que pensé que sería la mejor noche de mi vida. Cuando las polacas llegaron, salimos de fiesta. Tomamos y tomamos, y después regresamos al hotel, donde cuatro amigos y yo compartíamos cuarto. Con todos ellos ahí, me debería haber cohibido, pero fue como si no estuvieran. Invité a la polaca al segundo piso de uno de los camarotes y nos pusimos en marcha. Fue corto, cortísimo. Tanto, que no alcancé a culminar como habría querido, habíamos tomado tanto que muy pronto quedamos profundos.

Francisco, 36 años

Tengo un recuerdo muy borroso del día exacto en que fue, en teoría debería recordarlo, pues ese momento partió mi vida en dos. Era la primera vez que lo iba hacer, pero lo que lo diferenciaba de las aproximaciones anteriores fue que éramos dos hombres los que estábamos desnudos en esa cama en un día bastante lluvioso.

Todo empezó con un cruce de miradas, un poco de toque de manos que encendieron el momento hasta el instante en que estábamos desnudos mirándonos frente a frente. Mi experiencia era nula, solo venían a mí flashbacks de escenas de porno gay. Pensaba mientras temblaba y el tiempo se asentaba cada vez más lento al punto en que pude sentir una gota de sudor cayendo por mi frente y escuchar el sonido de mi saliva al pasarla. Hasta creí que tal vez se iba a dar cuenta que era virgen, pero mis temores y nervios se apagaron cuando entre en confianza y él me hizo sentir cómodo con mi cuerpo, con el suyo, y por supuesto con el instante en el que me ayudó a revelar lo mucho que me atraían los hombres. La química fue tan fácil que en cada penetración, caricia, roce y beso se sentía como si fuéramos amantes sexuales desde hace mucho tiempo atrás.

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